BALONCESTO: LOS OSCUROS AÑOS 90 (V). LOS AÑOS DE LA INFAMIA

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Aunque este serial repasa en profundidad todo lo acontecido en los años 90, en mi opinión son dos las principales causas que han provocado que tenga tan poco cariño a esta década en el baloncesto europeo. Una ya la repasamos capítulos atras. El triunfo del Limoges en la Liga Europea de 1993 cambió el estilo de juego a un baloncesto más físico, táctico, duro y aburrido que aún mantienen muchos equipos de primera línea en la actualidad. La otra fue sencillamente repulsiva y aún nos pone de mala leche recordarla. Los frecuentes atropellos arbitrales en competiciones europeas estuvieron a punto de acabar con la credibilidad del baloncesto en el Viejo Continente. Errores hubo siempre. Arbitrajes caseros, también. Pero en los años 90 se cruzó la línea de largo. Ya no eran simples errores sino escándalos en los que se saltaban las reglas del juego impunemente. El escenario y los protagonistas eran casi siempre los mismos, Grecia y los equipos helenos. La repetición de estos acontecimientos levantó un tufo nauseabundo con inevitable olor a apaño. En este capítulo vamos a repasar toda esta sucesión de tropelías que contaban con la complicidad de las altas esferas de la FIBA. Será inevitable volver a revivir berrinches pasados, cargados de una horrible sensación de impotencia. Años de infamia.

El ascenso del baloncesto griego.

Junio de 1987. Se celebraba en Grecia el Eurobasket de ese año. La selección anfitriona por aquel entonces era un país menor en el baloncesto europeo, sin ninguna actuación de renombre que llevarse a la boca. Nadie daba opciones a los griegos de alcanzar un puesto entre los aspirantes a las medallas. Pasó la primera fase como cuarta de grupo, formado por seis selecciones. Se clasificó por detrás de la URSS, Yugoslavia y España en el grupo de la muerte de aquel Eurobasket. El final del camino parecía llegar en cuartos ante Italia, la única grande europea que no figuraba en el grupo A y que tuvo un camino sencillo para pasar como líder del grupo B. No parecían rival para los Riva, Brunamonti, Gentile o Magnifico. Sin embargo saltó la sorpresa y los griegos se metían en semifinales tras vencer 90-78 a los transalpinos. Era sólo el comienzo de una reacción en cadena que llevaría a la explosión del baloncesto griego. No fue capaz de frenarla la poderosa Yugoslavia de los hermanos Petrovic en semifinales. Tampoco la gigantesca URSS, que cayó en la prórroga por 103-101 ante los anfitriones en la final. Los griegos habían asestado un inesperado y sorprendente golpe de mano con su primer oro europeo.

Fuente: salonicayotrosescritos.blogspot.com

La selección griega se basaba en un reducido número de jugadores. Nos sobraban los dedos de la mano para contar los jugadores de auténtico nivel en ese equipo. Sus nombres serían inolvidables. Formaron la columna vertebral de su selección durante casi una década. Giannakis, el director que asombró con su inigualable lectura del juego. Christodoulou, la llave que abría las defensas con su acierto desde el 6’25. Fassoulas, la solidez y dureza bajo tableros. Y, por encima de todos, el mítico Nikos Gallis, el anotador por excelencia en Europa. Una muñeca de seda y una capacidad letal para destrozar los aros rivales con su acierto. Sus 40 puntos en aquella final ante la URSS fueron decisivos para que Grecia se proclamara campeona. También se convirtió en el máximo anotador del torneo. Esta distinción la lograría en cada campeonato que disputaba en los siguientes años. Se ganó el cariño de España cuando en el Preolímpico del año siguiente se convirtió en el verdugo de Italia y allanó el camino de España para disputar los JJOO de Seul. Pero en 1987 ya era el héroe de toda Grecia.

El triunfo heleno significó un vuelco en el panorama deportivo de Grecia. Hasta ese momento, el fútbol era el deporte rey para los griegos. A partir de entonces el baloncesto lo sustituyó en el corazón de todos los griegos. La aparición de Grecia en la élite europea despertó a una afición que se caracterizaría por su fogosidad. Entonces nadie se podía imaginar las consecuencias. No sabíamos hasta donde era capaz de llegar la hinchada griega. Toda Europa lo sufriría en sus carnes.

Fuente: salonicayotrosescritos.blogspot.com

Un historial plagado de violencia.

El Aris Salónica fue el equipo que dominó el baloncesto griego a finales de los años 80. Era conocido entre los aficionados por ser el equipo de Nikos Gallis. También acabaría haciéndose famoso por otra circunstancia, la afición de sus hinchas por el noble arte del lanzamiento de váter a la pista tras arrancarlo de los baños a patadas. Empezaron a verse en las secciones de deporte de los informativos imágenes dantescas de lanzamientos masivos de objetos y trifulcas multitudinarias en las gradas. Los partidos entre el Aris y el PAOK acababan con frecuencia en batallas campales. La fogosidad del aficionado heleno había degenerado en violencia, en ocasiones mezclada con delincuencia. Las lluvias de objetos comenzaron a usarse como método de intimidación hacia rivales y árbitros. Especialmente efectivas se mostraban para cambiar la actitud y el criterio de las parejas árbitrales. Los réditos obtenidos en forma de resultados favorables de estas actitudes violentas las convirtieron en habituales estas prácticas. En Grecia el público sí era el sexto hombre y vaya si jugaba.

Fuente: wikipedia.org

El baloncesto seguía creciendo año tras año en Grecia. Empezaron a llegar los multimillonarios griegos a principios de los años 90 para invertir grandes cantidades de dinero, en especial en los equipos de Atenas. El eje del poder comenzaba a desplazarse de la región de Macedonia a la capital helena. El gasto se convertía en desorbitado. No tardaron en llegar los grandes fichajes extranjeros, atraídos por las enormes cantidades que pagaban los nuevos dueños. Empezaron a nacionalizarse jugadores yugoslavos, al principio de segunda fila y jóvenes prometedores posteriormente. Ello les permitía potenciar la plantilla sin que ocuparan plaza de extranjero. Los equipos griegos se convirtieron en aspirantes a todo en las competiciones europeas. Este despliegue económico no le fue ajeno a nadie. Tampoco a la mismísima FIBA.

La FIBA estaba dirigida en esos momentos por Borislav Stankovic. El serbio, entonces yugoslavo, era un personaje oscuro y al que siempre acompañó la controversia en sus 26 años en el cargo de Secretario General. Con frecuencia se le acusaba de parcialidad y de favorecer a todo lo que fuera bien para sus intereses. En especial si Yugoslavia, o Serbia posteriormente, estaba de por medio. El mayor ejemplo lo tenemos en el Yugoslavia-Italia en el Eurobasket de 1983 donde se vio una de las mayores trifulcas en una cancha de baloncesto. Ríanse del sillazo de Krstic a Bouroussis. Un tirón de orejas de Dino Meneghin a Drazen Petrovic derivó en una espectacular tangana en pleno Europeo de Nantes, que pasó tristemente a la posteridad como la Batalla de las tijeras. El baloncesto europeo fue testigo mudo de cómo un partido de alto nivel acababa en una pelea callejera que terminó con varios jugadores en el hospital. Las imágenes resultaron tan bochornosas y los hechos tan graves que parecía inevitable una sanción ejemplar a ambas selecciones. Sin embargo entró en escena Stankovic. Como una dura sanción a los jugadores inmersos en la pelea comprometería seriamente las opciones de medalla de Yugoslavia decidió que sus jugadores se fueran de rositas. No sirvió de mucho, Yugoslavia acabó cuajando una de sus peores actuaciones en muchos años. Para no ser acusado de agravio comparativo, hizo lo mismo con los italianos. La vergonzosa trifulca quedó en agua de borrajas. Así las gastaba Stankovic.

Fuente: yaomingmania.com

El Secretario General de la FIBA quedó deslumbrado por las demostraciones de poderío económico de los equipos griegos. No le costó apenas decidir que los dracmas griegos eran la mejor inversión para el futuro del baloncesto. O quizá para él mismo pero Stankovic los asociaba. Un gasto así le merecía un apoyo total desde la misma FIBA para que ese esfuerzo quedara recompensado. No dudó en usar todos los medios a su alcance para ello.

El poder de la intimidación.

26 de Marzo de 1991. Se celebraba en Ginebra la final de la Recopa entre el Cai Zaragoza y el PAOK Salónica. Era la época dorada del equipo maño, el mítico equipo de los hermanos Arcega, Mark Davis, Kevin Magee, Andreu, Zapata y unos jovencísimos Fran Murcia y Alberto Angulo. Bajo la dirección de Manel Comas se le presentaba una oportunidad de oro para alcanzar un éxito europeo. El rival era de cuidado pero estaba perfectamente a su alcance. Fassoulas, Prelevic, y Barlow acaparaban prácticamente todo el ataque del PAOK. El CAI era un equipo mucho más compensado. Sin embargo, no era así en las gradas. Ginebra estaba prácticamente tomada por los seguidores del PAOK que se habían desplazado en masa. El CAI ya se imaginaba que ambiente se iba a encontrar. Ya coincidió con el equipo heleno en el mismo grupo en la fase de cuartos y sabía como se las gastaban sus aficionados en su cancha. Los aficionados del CAI también lo supieron en esa final. Varios fueron asaltados y agredidos por parte de ¿aficionados? del PAOK con el fin de robarles las entradas. No tenían escrúpulo alguno estos angelitos. Podía esperarse cualquier cosa, incluso dentro del pabellón.

Fuente: Youtube.com

No se dejó amedrentar el equipo maño por el terrible ambiente. Durante gran parte del encuentro dominaba por 8-10 puntos. Su pareja de americanos daba una lección magistral de tiro y Fernando Arcega ponía su veteranía y experiencia para ayudar a ambos. La situación parecía bien controlada. Hasta que a 8 minutos del final se produjo el hecho que cambió el partido. A Fassoulas le señalan la quinta personal que le deja fuera del partido. Los seguidores del PAOK montan en cólera. En un arrebato furibundo y violento comienza una intensa lluvia de objetos sobre la cancha. Caía absolutamente de todo y la integridad de jugadores y árbitros corría peligro. El partido se detuvo y quedó suspendido durante unos minutos, lo que tardaron los jugadores del PAOK en calmar a su hinchada. La imagen de Fassoulas y sus compañeros tratando de tranquilizar a una masa fanatizada quedó para la historia del baloncesto. El partido se reanudó pero no sería lo mismo. El choque había cambiado. Los árbitros cambiaron. Los aficionados del PAOK había dejado claras sus intenciones con aquella abominable lluvia de objetos. Su equipo debía ganar de cualquier forma o habría consecuencias. Los árbitros captaron el mensaje. Cambió completamente el criterio. Permitieron que los griegos repartieran estopa en defensa. Al equipo maño no le pasaron una y comenzaron a caer jugadores eliminados. Llegaron las decisiones estrambóticas, siempre favorables del lado heleno. Al concierto de pito de unos amedrentados colegiados se unió el acierto de Prelevic y la labor de un Barlow que aprovechó los problemas de faltas de los pivots del CAI. El PAOK remontó para ganar por 76-72 y llevarse la Recopa, celebrada con una invasión de campo y múltiples destrozos que dejaron el pabellón hecho unos zorros. El CAI se marchaba de Ginebra con la sensación de haberse quedado sin la cartera y la impotencia de ver cómo los cacos se marchaban impunes.

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Había llegado una nueva forma de seguir el baloncesto, el de la intimidación por cualquier medio para alcanzar la victoria a cualquier precio. Ése era el sello que aportó Grecia en los años 90. El de los errores en el cronometraje, los relojes que se paraban en momentos concretos, las bócinas que sonaban a destiempo, los masivos lanzamientos de objetos, las invasiones de campo, el acoso a los árbitros incluso en sus propios domicilios. Se había alcanzado un nivel de perversión como nunca se hubiera imaginado. Y todo ello con el beneplácito de la FIBA, que no quiso nunca inmiscuirse en los métodos de sus nuevos protegidos.

Cuando el partido no termina en el minuto 40.

Olympiakos comenzó a asomar la cabeza en el concierto europeo a comienzos de los 90. La gran inversión acometida para formar una plantilla competitiva empezó a dar sus frutos con la clasificación para la Liga Europea de la temporada 1992-93, cuya Final Four se disputaba precisamente en Atenas. No logró clasificarse para ella tras caer en una dura e igualada eliminatoria de cuartos ante el Limoges, posterior campeón. Pero empezamos a conocer algunos rasgos de este equipo. Inevitablemente, uno que destacaba sobremanera eran las malas pulgas de su afición. El Palacio de la paz y la amistad era un nombre curioso para un lugar donde no tenía cabida ninguna de los dos cosas. El Real Madrid pudo comprobarlo esa misma campaña. Dominaba con comodidad el encuentro, que ganana por 8 puntos al descanso y con clara sensación de superioridad. Al retirarse a vestuarios uno de los árbitros recibió un monedazo que le produjo un corte que sangraba abundantemente. Los dracmas de la época no eran minúsculos precisamente. Al regresar de vestuarios, con la herida restañada, las decisiones de aquel árbitro cambiaron radicalmente. El equipo local comenzó a verse favorecido por un arbitraje miedoso e intimidado hasta lograr la victoria en el último momento por 63-62. Era la primera derrota en esa fase del Real Madrid. No importaba mucho porque tenía controlada la situación del grupo pero quedaba claro que la afición de Olympiakos no se andaba con miramientos.

La siguiente temporada el equipo de El Pireo reforzó la inversión. Fichó a golpe de talonario a Fassoulas, mito del baloncesto griego; Paspalj, un clásico en la selección de la antigua Yugoslavia; y a Ron Tarpley, un estupendo pivot que fue expulsado de la NBA por consumo de drogas. Las facilidades para nacionalizar a jugadores de la extinta Yugoslavia en Grecia le permitieron contar con tres de ellos: Nakic, Tomic y Tarlac. Talonario para combatir el de su eterno enemigo, Panathinaikos, que llevaba ya dos años enseñando la chequera para fichar a diestro y siniestro. Un gasto tan generoso le permitió entrar en el círculo de protegidos de la FIBA. Comenzaron a pasar cosas raras pronto. En la 3ª jornada de la primera fase perdía por 1 ante el Real Madrid en el Palacio de los Deportes a falta de 6 segundos. El ataque pareció durar mucho más pero acabó en una pérdida de balón que debió traer aparejada una falta intencionada de libro sobre Santos. Pero curiosamente el reloj no se había puesto en marcha, nadie se dio cuenta hasta que la acción había terminado. Hubo que repetir la jugada y Sigalas dio la victoria a su equipo en el último suspiro con un tiro desde 5 metros. Algunas cosas empezaban a oler extrañas pero no se le dio más importancia. Total, había ocurrido a domicilio. Nada comparable a lo que veríamos meses más tarde.

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El partido de vuelta tenía aroma a decisivo para el grupo. Tras la reacción a su mal arranque y 6 victorias consecutivas, el Real Madrid se jugaba el liderato de grupo ante Olympiacos en Atenas. El duelo fue muy igualado en casi todo momento. Las ventajas solían ser para Olympiacos pero tan reducidas que los madridistas siempre estaban al acecho. La retransmisión televisiva del partido, emitido por La 2, fue caótica. No se mostraba resultado, ni tiempo de juego ni posesión. Algo habitual en las señales que daba la televisión griega, quizá para que nadie se diera cuenta de cuando le robaban la cartera. Teníamos que fiarnos ciegamente de la narración de Ramón Trecet. El arbitraje estaba siendo bastante correcto, que no era poca cosa jugando en Grecia. El Real Madrid conseguía empatar a 73 tras un robo de Biriukov a falta de pocos segundos. La prórroga estaba muy cerca y se certificaba al fallar los locales el siguiente lanzamiento, con el reloj a cero. Pero entonces aprendimos que en Grecia un partido no termina en el minuto 40 sino cuando la mesa quiera. Nakic palmeó en dos ocasiones, fuera de tiempo, hasta que logró anotar. Se contabilizaron dos segundos desde el final real hasta que Nakic anotó. Pero, inexplicablemente, se concedió la canasta. El escándalo fue mayúsculo. Clifford Luyk y sus jugadores se fueron como locos a protestar ante la mesa pero el equipo heleno había activado el protocolo para estos casos. Se produjo la invasión inmediata de la pista, por si alguien se ponía muy pesado protestando. Ioannis Ioannidis, polémico entrenador del Olympiacos, empujaba a la policía contra los jugadores madridistas para que se esmeraran en desalojarlos cuanto antes. Todo parecía una coreografía muy bien ensayada. Incluso la revista Gigantes, en su crónica del partido, señaló que el árbitro que concedió la canasta ilegal ya estaba prácticamente al lado del túnel de vestuarios cuando lo hizo, como si preveyera lo que iba a pasar.

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El cabreo en el equipo blanco fue monumental. Los titulares de robo, atraco o escándalo aparecerían en toda la prensa deportiva al día siguiente. El Real Madrid presentó una reclamación pero todas las que le llegaban a la FIBA sobre equipos griegos se usaban automáticamente como papel higiénico. Lo único que se consiguió fue que se cerrara un partido el pabellón por la invasión de campo, un multazo al club por ese motivo y otro para Ioannidis por su vergonzoso comportamiento durante los incidentes. No servía de nada. A los mandamases griegos no les importaba pagar las multas que hicieran falta, les sobraba el dinero. Lo único que importaba era conseguir el objetivo, los medios eran lo de menos. El olor extraño se iba convirtiendo en olor a podrido. Tantas irregularidades no podían ser casualidad. Que la FIBA fuera ciega, sorda y muda ante ellas empezaba a hacer sospechar que algo tenía que ver en todo ello. La situación comenzó a parecerse a escena de película sobre la mafia. De otra forma no se podría describir el truculento suceso ocurrido la siguiente temporada, en vísperas del tercer y decisivo de cuartos ante el CSKA Moscú que se disputaría en el Palacio de la Paz y la Amistad. El día anterior, ya en Atenas, seis jugadores del equipo ruso comenzaron a sentirse mal y tuvieron que ser hospitalizados. Tras analizarse las botellas de agua se encontró en ellas un producto químico tóxico. Las sospechas de envenenamiento provocado fueron inmediatas pero la FIBA no suspendió el partido, que se convirtió en una pantomima en la que sólo pudieron alinearse cinco jugadores del equipo ruso, uno de ellos Kudelin que estaba en muy malas condiciones. Los problemas de personales forzaron al CSKA a terminar el partido con tres jugadores en pista. Una imagen para la vergüenza.

Sin embargo aquellos tejemanejes no le valieron a Olympiakos para alcanzar la gloria europea. En 1994, cayó en la final ante el Joventut con el recordado triple de Corney Thompson y los tiros libres fallados por Paspalj mientras Trecet no se cansaba de recordar que era un jugador que se acobardaba en los momentos importantes. Ni siquiera aprovechó otro extraño suceso en la mesa a falta de 4 segundos, cuando se paró misteriosamente el reloj para darle un jugada más al equipo griego. En 1995, en Zaragoza, tuvo su segunda oportunidad pero fue avasallado en la final por el Real Madrid de Sabonis, sin vuelta de hoja. De nada servía el desembolso realizado si luego no se convertía en títulos en la Liga Europea. La parte de azar que tiene el deporte era una variable que no podía entrar en juego para sus intereses. La FIBA debía poner aún más de su parte para que ese gasto en el baloncesto tuviera su premio.

Atraco en París.

Panathinaikos se convirtió en el gran animador del verano de 1995. Ya había gastado una gran cantidad de dinero para formar una plantilla con grandes nombres y que había logrado llegar a las dos últimas ediciones de la Final Four pero sin alcanzar la final. No había conseguido dar con el hombre indicado para manejar una plantilla con demasiados jugadores con afán de protagonismo así que para lograrlo se contrató a una vaca sagrada de los banquillos, Boza Maljkovic. Sin embargo, lo más sonado fue el fichaje más impactante que se recordaba en Europa. La contratación de Dominique Wilkins, jugador mítico en la NBA, resonó por todo el continente. El poder del dracma en el baloncesto había conseguido seducir a todo un grande de la mejor liga del mundo aunque ya estuviera en la recta final de su carrera. Este golpe de efecto le convirtió inmediatamente en la gran referencia para el título en la Liga Europea.

Fuente: sporx.com

Sin embargo el equipo ateniense no dio sensación de autoridad en ningún momento. Ya empezó la competición de forma extraña. En un peñazo de partido, como no podía ser de otra manera en dos maestros del basket-control como Maljkovic y Obradovic, el Panathinaikos vencía en casa por 54-52 al Real Madrid tras anularle a Arlauckas una canasta sobre la bocina, claramente dentro del tiempo, en la última jugada. Para que no hubiera tentaciones de grandes protestas comenzó la lluvia de monedas, una de las cuales impactó en la cabeza de Ángel Jareño, ayudante de Obradovic. La misma historia de siempre. Pero no le sirvió de mucho en aquella primera fase esa victoria. Su juego ramplón le hacía sufrir en cada partido. Wilkins no conseguía adaptarse al juego europeo y Maljkovic le apartó durante varios partidos por falta de actitud. Incluso recibió un severo correctivo en su propia cancha del Barça, que le derrotó por 21 puntos cuando parecía imposible ganar en Grecia. Acabó 3º de grupo, por detrás de Barça y Real Madrid. Le abocaba a un cruce con factor campo en contra ante la Benetton, a la que eliminó en un tercer partido tan tenso y emocionante como aburrido por 64-65. Panathinaikos se clasificaba para su 3ª Final Four seguida. La cita era en Paris.

11 de Abril de 1996. El Panathinaikos disputaba su primera final de la máxima competición europea. Se había deshecho con autoridad en semifinales del CSKA Moscú, que esta vez no sufrió ningún envenenamiento que impidiera su presencia en la FInal Four. Se enfrentaba contra el Barça, que había levantado 16 puntos en contra en la primera parte al Real Madrid. Los azulgranas eran los favoritos por juego y calidad de una plantilla muy bien conjuntada. Karnisovas, Godfread, Xavi Fernández, Salva Díez, Galilea, Montero, Middleton (que no podía disputar competición europea), Ferrán Martínez, un Andrés Jiménez en el final de su carrera pero que aún aportaba mucho. Un señor equipo. El Panathinaikos podía tener muchos nombres pero el Barça disponía del bloque más sólido de Europa pese a que el TDK Manresa le sorprendiera en la final de Copa. Aíto estaba ante la gran oportunidad de completar su palmarés con el título que le faltaba, la vieja Copa de Europa. Pero una vez más le salían las cosas del revés. Maljkovic le tendió una trampa de la que no conseguía escaparse, la misma con la que atrapaba a sus rivales en aquella Final Four de 1993 con el Limoges. Sólo que el Panathinaikos era infinitamente superior en calidad a aquel equipo francés. El ritmo lento durmió a los azulgranas, que se estrellaban ante la defensa griega. Alvertis era una pesadilla con su versatilidad. Hasta Dominique Wilkins jugaba a un nivel notable. Del Barça sólo había noticias de Xavi Fernández y algo de Karnisovas. Con 13 puntos arriba a falta de 3 minutos, los 8000 aficionados de Panathinaikos presentes en Paris-Bercy se preparaban para celebrar el título. Los de Maljkovic lo dieron por ganado y comenzaron a preocuparse sólo por agotar posesiones, sin mirar el aro. Le dio la vida al Barça. Entre Karnisovas y Galilea propiciaron una remontada espectacular que ponía al Barça a sólo 1 punto de diferencia, 67-66, a menos de 40 segundos del final. Habíamos llegado al momento clave de la final.

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Giannakis se pusó a amasar y amasar el balón, perdiendo todo el tiempo posible. El reloj de posesión se apagó en el pabellón. Fue la primera irregularidad de aquella triste jugada. La posesión duró más de 30 segundos y podía haber seguido hasta el final si Galilea no llega a robar el balón tras un dos contra uno junto a la línea de banda sobre el base griego. Quedaban 6 segundos por jugar. El reloj se para. Con el reglamento de entonces todo lo que sucediera sería anulado pero la jugada continuó como si tal cosa. El balón le llega a Montero que inicia una valiente penetración ante Vrankovic. El pivot croata tapona la bandeja pero el balón había tocado claramente el tablero. Eran dos puntos que le daban el título al Barça pero el árbitro que estaba delante de la jugada, el francés Dorizon, se hizo el tonto. El israelí Virovnik tampoco quiso saber nada. El reloj no volvió a ponerse en marcha hasta que el Barça estuvo lejos de un tiro cómodo. El último intento ni siquiera lo pudo escupir el aro y los numerosos seguidores griegos, que llevaban más de un minuto apostados en las líneas de fondo, invadieron la pista como es habitual en ellos. En menos de un minuto se había escrito el capítulo más triste y sonrojante del baloncesto europeo.

La indignación e impotencia en el Barça eran indescriptibles. Les habían birlado su primer título en la máxima competición continental con nocturnidad y alevosía. El equipo azulgrana presentó una protesta pero recibió la misma respuesta por parte de la FIBA que en casos anteriores. Que reclame al maestro armero. El tufo se había convertido ya en un hedor insoportable. La sensación de apaño era imborrable. El baloncesto griego había conseguido su objetivo a costa de lo que fuera necesario. La FIBA ya tenía lo que deseaba, a uno de sus protegidos en lo más alto aunque supusiera sumir al baloncesto europeo en un completo descrédito. Poco le importó el daño tan grave que fuera a causarle a este deporte una imagen tan lamentable.

 Fuente: sillonbol.com

El contagio turco.

Turquía era un país marginal en el baloncesto europeo a principios de los años 90. No hubo noticias de los equipos otomanos hasta la aparición del Efes Pilsen en 1993, liderado por un Petar Naumoski que había ejercido de agitatoallas en la mítica Jugoplastika. Adoptando el basket-control, como casi todos los nuevos equipos que aparecían en el baloncesto europeo por entonces, llegó a cuartos de final de la Liga Europea esa campaña. Fue el punto de partida para el despertar turco. Comenzó una línea de alto gasto para situar a los equipos turcos en la primera línea europea. Empezaron a llegar los jugadores importantes y las nacionalizaciones como ocurrió en Grecia años antes. Junto al Efes Pilsen aparecieron otros equipos como el Ulker, Fenerbahçe (aún no se habían fusionado) o el Tofas Bursa que empezaron a dar guerra en Europa. Se había contagiado el ejemplo griego. Desgraciadamente también con todos sus defectos.

Fuente: yarisaha.com

Desde el comienzo los aficionados turcos se mostraron como seguidores muy fervorosos. En un principio se limitaban a gritar mucho pero, desafortunadamente, acabaron tomando el mismo camino violento y conflictivo que el de los hinchas helenos. No tardaron en aparecer las imágenes de violencia en las gradas de las canchas turcas. Pero la gran inversión económica de los equipos otomanos les valió la protección de la FIBA, como ocurrió en el caso griego. Empezamos a ver situaciones que volvían a provocar incredulidad e indignación. Algunas grotescas, como en marzo de 2000 en un partido Ulker-Barça en el que un periodista turco, ataviado con una gorra del pato Donald, montó un numerito tal ante la mesa de anotadores que acabó persuadiendo a los árbitros para cambiar una decisión que le daba la posesión al Barça para que recayera en el Ulker, que la aprovechó para ganar el partido. Mucho más tristes fueron las imágenes del Fenerbahçe-Real Madrid de la temporada anterior, de una violencia desmedida. La lluvia de objetos fue constante, incluso desde la zona VIP. No sólo se arrojaron los clásicos mecheros o monedas. Al repertorio se incluyeron otros objetos como sillas e incluso un trozo de tubería de casi medio metro de largo. La foto de los seguidores turcos levantando las sillas amenazantemente mientras un jugador madridista lanzaba un tiro libre pasó a la historia negra del baloncesto europeo. Pese a tales muestras de intimidación, el Real Madrid se llevó el partido y provocó tal frustración en los seguidores del Fenerbahçe que a la salida del pabellón emboscaron al autocar madridista para apedrearlo impunemente con los jugadores dentro. El macarrismo no les daba un resultado totalmente efectivo a los equipos turcos.

Sin embargo los incidentes más sonados se produjeron en la final de la Copa Korac de 1997, disputada por el Aris y el Tofas Bursa. La terrible rivalidad entre griegos y turcos saltó por los aires en los dos partidos en los que se decidía la competición. Los lanzamientos de todo tipo de objetos fueron constantes en ambos choques, que tuvieron que pararse en varias ocasiones porque la situación se volvía incontrolable. Las imágenes eran de una violencia repugnante. El título se lo llevó el Aris pero el transcurso fue tan lamentable que poco importó quien fuera el campeón. El propio equipo griego estuvo a punto de ser expulsado de las competiciones europeas tras un espectáculo tan repugnante pero al final el castigo quedó en disputar todos los partidos como local a puerta cerrada en la siguiente campaña en Europa. La FIBA no se atrevió a imponer a imponer un castigo ejemplar a uno de sus queridos equipos griegos.

Fuente: salonicayotrosescritos.blogspot.com

Un daño irreparable.

Todos los escándalos que se produjeron ante los equipos griegos hicieron un daño irreparable al baloncesto a ojos de los aficionados. La sensación de impunidad con la que se movían los conjuntos helenos acabó con cualquier esperanza de competir en una cancha griega. El tópico que decía que los griegos ganarían en casa a la fuerza, por lo civil o lo criminal, se cumplía una y otra vez. Las fechorías se premiaban con la concesión de numerosas competiciones internacionales en suelo griego. La selección española fue una de las damnificadas de los arbitrajes caseros recibidos en Grecia ante la anfitriona porque la mano de la FIBA también se veía en los torneos de selecciones. En especial cuando estaba por medio Yugoslavia, Serbia-Montenegro o como quiera que se le llamara al país de Stankovic. Lituania lo pudo comprobar en la final del Eurobasket 1995, donde fue atropellada por un arbitraje disparatado que favoreció claramente a Yugoslavia y provocó un auténtico escándalo, con amago de retirada de la cancha de los lituanos incluido. El olor a podrido llegaba por todas partes y en todo lo que tocaba el mandamás de la FIBA.

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Estos años hicieron mucho daño a la mentalidad de los aficionados en España cuando se afrontaban las competiciones europeas. La protección institucional a las tropelías griegas comenzó a producir frustración y desinterés paulatino hacia un deporte aparentemente contaminado. Estos años de infamia produjeron un daño casi irreparable al baloncesto. Tampoco ayudó nada a recuperar los ánimos el definitivo giro que había dado el baloncesto en Europa a un estilo tan físico, lento y aburrido como el que imponía el basket-control.

Próximo capítulo: Los apóstoles del basket-control.

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9 Comments on "BALONCESTO: LOS OSCUROS AÑOS 90 (V). LOS AÑOS DE LA INFAMIA"

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7 years 3 months ago

Fíjate si fueron malos años que la gente ni tiene ganas de comentarlo. Se unió el estupor generalizado por todas las ¨hazañas¨ que cuentas de los griegos, el bajón general de los equipos españoles, con una Penya en horas bajas por temas económicos (y la retirada de Villacampa), un Barça que era compacto, pero que siempre le faltó un jugador determinante (y que no le robaran) o un Madrid perdido tras la marcha de Sabas y el no saber mantener a Bodiroga, que ya era determinante aún siendo muy joven. Bodiroga, por cierto, que me parece buenísimo, pero que me… Read more »

7 years 3 months ago

Pues no me extraña que te hayas puesto de mala hostia escribiendo la historia del baloncesto Fiba de los 90. Todos lo recordamos con bochorno, pero leerlo del tirón te provoca verdaderas nauseas.

Este artículo es simplemente imprescindible. De obligada lectura, para los amantes del deporte. Olvidar hechos como estos les dan impunidad. Algún día deberán restabecler los medalleros y el palmarés de los jugadores a los que atracaron mezquinamente.

7 years 3 months ago

Una sugerencia, perdi. Creo que debeías tener varias categorías de post. De ese modo en el selector de la Biblioteca de Publicaciones que existe en la columna derecha se podían filtrar con mayor precisión este tipo de artículos históricos con los análisis que realizas durante la liga.

nita
7 years 3 months ago

Espectacular está siendo toda la serie de capítulos, perdi. En este capítulo se recuerdan momentos donde el deporte pasó, en muchos casos, a un segundo plano. Situaciones de escándalo y manipulación con los tiempos de los partidos, circos con patéticos arbitrajes,…entre otros, muchas veces con las artes más vergonzosas, formando parte del desencanto contenido en esa “década triste del baloncesto”. Ahora desde el “sillónbasket”, nivel aficionado, así a bote-pronto, difícil no recordar la intimidación en los comienzos de la década, esta excepción al tópico de la derrota segura en cancha helena. El partido se produjo en terreno neutral, bien… ya… Read more »

7 years 3 months ago

En medio de todas las trampas siempre queda una sonrisa. Semejante robo en el tiempo y no ganar:

http://www.youtube.com/watch?v=X-1uQMmpQic

7 years 3 months ago

Minuto 37:50

nita
7 years 3 months ago

lastrado… muchos griegos también en Tel Aviv, aquella vez por fortuna, no se produjeron incidentes. Y eso sí, “movidas” en el electrónico con los segundos, pero cuánta razón, ni aún así pudieron con los verdinegros…por fin :smile: ¡Qué final de partido!, hubiera dado mucha rabia que no ganaran. ¡Y qué equipo LA PENYA! Frente al Olympiacos de Sigalas & Company, (mira por donde estaba Fassoulas entonces por allí) el capitán Villacampa, los Jofresa, Smith, Morales, Ferrán… y como no, CORNY THOMPSON. Escalofríos recordando ese triple del emblemático jugador. Gran carisma en una cancha de basket. Inolvidable hasta lanzando tiros libres.… Read more »

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