BALONCESTO: LOS OSCUROS AÑOS 90 (III). LA MUERTE DE LA ALEGRÍA

Limoges campeón de Europa

El batacazo sufrido en Barcelona 92 desconectaría un tanto al seguidor español de la selección durante bastante tiempo. La propia selección no hizo mucho por recuperar el apoyo en los siguientes años. El sentimiento de desencanto con el  baloncesto continuaría el año siguiente aunque sus efectos fueron visibles a un plazo más largo. Dos hechos marcarían en 1993 una evidente pérdida de atractivo en el baloncesto europeo. El primero, el sorprendente triunfo del Limoges en la Liga Europea. No podíamos sospecharlo entonces pero el equipo francés marcó un estilo que ha influido de tal manera en el baloncesto que ha llegado a nuestros días. Y no fue para mejorarlo. El otro fue luctuoso y muy triste. La trágica muerte de Drazen Petrovic en un fatal accidente de tráfico nos privó de un jugador diferente y, probablemente, el mayor talento que ha surgido en Europa para el baloncesto. Dos hechos traumáticos, cada uno a su manera, que despojaron poco a poco de la alegría que sentían en una cancha de baloncesto a muchos aficionados.

Cambio en el panorama europeo.

A nivel de clubes el panorama en el baloncesto europeo sufría un cambio radical que no era ajeno a la situación geopolítica en Europa a principios de los 90. La caída del telón de acero, la desintegración de la URSS y la brutal guerra en la antigua Yugoslavia provocaron una desbandada de jugadores hacia las ligas más poderosas del continente. Las grandes figuras de aquellos dos gigantes de la canasta, URSS y Yugoslavia, encontraron acomodo toboggan gonflable en los grandes europeos, nuevos ricos con aspiraciones e, incluso, la NBA. La Jugoplastika ya había quedado desarticulada. Los equipos de la antigua URSS, desmantelados. El sorprendente Partizan, desarmado a la vez que sus jugadores huían hacia otras ligas para escapar de los horrores de la guerra y las sanciones de la ONU. Todo quedaba dispuesto para el dominio hispano-italiano que tanto se añoraba en ambos países, con apariciones esporádicos de algunos equipos griegos como alternativa.

La Final Four, celebrada en Atenas, en 1993 era un reflejo de aquello. La disputarían el Real Madrid, dominador a su antojo de la competición durante la temporada y que llegaba como gran favorito, a la misma altura que el gigantesco Sabonis; la Benneton Treviso, nuevo rico italiano que lideraba Toni Kukoc como alternativa al equipo madridista pese al rapapolvo sufrido en el Palacio de los Deportes en la primera fase que le llevó a caer por 32 puntos en Madrid; el PAOK Salónica, que había recogido el testigo del Aris como dominador del baloncesto heleno de la mano de Dusan Ivkovic y tan conocido por su poderoso quinteto inicial como por la peligrosidad de sus aficionados; y el Limoges, el llamado a ser el convidado de piedra en esta fase decisiva de la Liga Europea.

Fuente: lepopulaire.fr

Desde luego el Limoges no le llamaba la atención a nadie pese a la presencia en el banquillo de Boza Maljkovic, el creador de la gran Jugoplastika. Llegó a la Final Four sufriendo y con marcadores bajísimos ante el Olympiakos, que aún no estaba entre los grandes de Europa, y su plantilla estaba llena de retales. Su ataque, como diría Ramón Trecet al inicio de la retransmisión de las semifinales en La 2, giraba en un 40% sobre Michael Young, alero americano que figuraba como gran estrella del equipo galo. Junto a él, muchos veteranos como el esloveno Jure Zdovc, campeón mundial con Yugoslavia en 1990, o los franceses Dacoury, Forte, Verove o Redden que aportaban la experiencia que les faltaba a Bilba, M’Bahia o Butter. Un equipo que no le decía nada a nadie y que se plantaba en Atenas como la cenicienta de esta Final Four.

La ilusión blanca hecha pedazos.

Muchos afirmaron que el Real Madrid había tenido mucha suerte en su emparejamiento de semifinales. El Limoges era la perita en dulce y el camino hacia su 8ª Copa de Europa se allanaba, máxime cuando partía como gran favorito. No era para menos, se había ganado aquella condición durante todo el torneo. El fichaje de Sabonis le había dado un salto de calidad a un equipo que deseaba reverdecer viejos laureles ya marchitos en la máxima competición europea. Había acabado primero de grupo tras dominar a placer y se paseó en el cruce de cuartos tras endosarle dos palizones de más de 20 puntos en ambos partidos a la Virtus Bolonia de Danilovic, secado por completo por el marcaje de un Isma Santos que empezó a ganarse su reputación como uno de los mejores defensores de Europa. Era tal la ilusión que había provocado en los aficionados blancos la clasificación para la primera Final Four que disputaba el Real Madrid que todo el que podía no escatimaba idea alguna para costearse el viaje y la estancia en Atenas, incluidas rifas y subastas de prendas y artículos relacionados con el Real Madrid en televisión.

Fuente: 5-eme-quart-temps.forumprod.com

Sin embargo el partido que se pensaba que podía ser un paseo hacia la final no iba a ser tal. Desde el principio fue una tortura para el equipo blanco. Se encontró con una forma de jugar que desconocía por completo. Y lo que es peor, no sabía cómo afrontarla. Maljkovic preparó una trampa de lo más desagradable. Planteó una defensa muy física, abundante en contactos y brazos que llegaban por todos lados. Los ataques eran lentos hasta la desesperación. Forte y Zdovc durmieron completamente el encuentro, agotando constantemente la posesión. No se miraba aro hasta que el reloj de posesión estuviera a punto de consumir los 30 segundos para acabar la mayoría de ocasiones con un tiro de Michael Young, un anotador con una certera muñeca. El Madrid, tan acostumbrado a correr y jugar con alegría, se encontraba espeso y lento, enmarañado en un partido inflatable water slide que se jugaba caminando. Antúnez y Lasa no se enteraron de la película, incapaces de arrebatar el mando del partido a los bases del Limoges. Los blancos estuvieron haciendo la goma todo el partido, siempre por detrás en el marcador y con pocos recursos más que darle el balón a Sabonis. Cosa de la que se dería cuenta Boza, evidentemente.

Una zona bien pertrechada y agresiva y los puntos en los últimos minutos de Dacoury confirmaron la sorpresa. 62-52 que metía al Limoges en la final. La ilusión de los madridistas se rompía en pedazos de forma inesperada y dolorosa. No creo que ningún seguidor del Real Madrid recordara una anotación tan baja de su equipo, de partido de minibasket. Todo el esfuerzo que hicieron muchos madridistas para viajar a Atenas quedaba ya para hacer turismo en la capital griega aunque esto no sea moco de pavo. También le sirvió a mis primas para hacerse una foto con Toni Kukoc en el Partenon. Nadie esperaba que el Limoges pudiera protagonizar semejante sorpresa ante el gran favorito. Parecía complicado pensar que pudiera repetirlo en la final ante la Benetton, que entró en la final tras vencer por los pelos al PAOK por 79-77.

Fuente: blogs.20minutos.es/quefuede

El triunfo del basket-control.

La Benetton era el nuevo rico del baloncesto italiano. En los dos últimos años se había gastado el oro y el moro para armar una plantilla que llevara al equipo de Treviso a lo más alto del baloncesto europeo. No reparó en gastos para convencer a Kukoc para que liderara al equipo. Le rodearon de jugadores de nivel como Teagle, Mian, Rusconi o Iacopini. En el banquillo se sentaba Petar Skansi, seleccionador croata y ya habituado a manejar un equipo lleno de figuras. Como curiosidad, en la plantilla ya estaban dos jovencísimos Marconato y Chiacig. Con el Real Madrid fuera de combate en semifinales se le presentaba al equipo italiano su gran oportunidad para proclamarse campeón de Europa.

Tras el 3º y 4º puesto que se llevó el PAOK por 76-70 ante un desmotivado Real Madrid, comenzó la final con un claro dominio de la Benetton. Teagle lideraba a los de Treviso, que alcanzaron pronto los 10 puntos de ventaja. El Limoges sólo aportaba defensa aunque no le servía de mucho anular de momento a Kukoc. Como se suponía, sólo Michael Young representaba un peligro en ataque y el marcador galo se movía muy lentamente. Los de Maljkovic aguantaban como podían. Siempre daba la sensación que la Benetton podía romper el partido en cualquier momento con Teagle o Rusconi. O en cuanto Kukoc apareciera un par de minutos. Pero el Limoges se agarró cual garrapata hasta que se decidió a morder en los últimos diez minutos. Regresó la defensa agresiva, llena de contactos, que maniató a su rival. Kukoc estaba completamente secado por la dureza del Limoges. Zdvoc volvió a dormir el partido con el lento compás que pedía Maljkovic desde la banda. El partido se volvió espeso, anodino, vulgar. Posesiones de 30 segundos para aburrir al rival. El escenario donde mejor se manejaba el Limoges y que le valió para remontar. La aparición de Bilba en los último minutos remató a una Benetton abrumada por la defensa del Limoges y paralizada por el ritmo somnoliento que con el que durmió el choque.

Fuente: mundodeportivo.com

Ante la incredulidad de todos el Limoges se llevaba la Liga Europea. El 59-55 con el que terminaba el partido significaba la puntuación más baja en una final europea. Ni en los años 60 se vio algo igual. Las reacciones no se hicieron esperar. Ramón Trecet castelo inflavel comentó al final del partido que no se podía darle el título a un equipo que no llegaba ni a 60 puntos. Skansi fue mucho más rotundo. “El baloncesto ha muerto”, afirmaba el entrenador croata tras la derrota de su equipo, indignado por la dureza del Limoges y el estilo de juego que había empleado. Aquel 15 de Abril de 1993 surgía una nueva forma de entender el baloncesto. La del culto al físico, la defensa dura e intensa, las posesiones al límite de los 30 segundos, ritmo cansino, los marcadores que apenas superaban los 60 puntos. Ha nacido el basket-control.

El impacto que produjo en el baloncesto europeo fue brutal. La idea de que cualquier equipo puede llegar a lo más alto siguiente este estilo triunfó de inmediato. Los equipos italianos, griegos y turcos adoptaron el basket-control como forma de vida. Todo equipo de poco renombre recurrió a él para crecer. La nueva generación de entrenadores lo abrazó como un dogma incuestionable. Una forma de juego que se extendió hasta llegar a nuestros días como el primer axioma para triunfar en el baloncesto europeo. Nunca algo tan mediocre había alcanzado tanta influencia.

Fuente: tirandoafallar.com

La trágica pérdida de un genio.

No habían pasado ni dos meses del triunfo del Limoges en la Liga Europea cuando la tragedia volvió a golpear el mundo del baloncesto. Aquel 7 de junio de 1993 Drazen Petrovic viajaba por las carreteras alemanas, a pocos días de incorporarse a la concentración de la selección croata que disputaría el Eurobasket en el país germano. Estaba sentado en el asiento de copiloto del automóvil que conducía su novia, Klara Szalantzy, y en el que también viajaba la joven jugadora Hilal Ebedel. Drazen viajaba dormido. No volvería a despertar jamás. En un día oscurecido por la niebla, el coche se estrelló contra un camión cerca de la población de Denkendorf. Klara Szalantzy y Ebedel resultaron heridas graves pero salieron con vida del accidente. Petrovic no tuvo tanta suerte. Drazen Petrovic fallecía en el acto como consecuencia del brutal impacto. Tenía sólo 29 años.

Fuente: todocoleccion.net

La conmoción en el mundo del baloncesto fue total. No sólo en el baloncesto europeo. Drazen Petrovic ya se había hecho un nombre en la NBA y la pérdida del genial jugador croata en aquella mañana de junio golpeó el corazón de la liga más poderosa del mundo. Los informativos de mediodía no dudaron en encontrar un hueco para dedicar un espacio entre los titulares a la muerte del mayor talento que ha surgido en el baloncesto continental. Muchos seguidores, sobre todo madridistas, revivieron las imágenes del fatídico destino de Fernando Martín, su antiguo compañero en el Real Madrid. Dos destinos paralelos. Ambos fueron  los buques insignia de aquel Real Madrid, probaron fortuna en la NBA en los Blazers y la carretera segó sus vidas prematuramente. Una cruel broma del destino.

Nos dejaba un jugador irrepetible, único, un talento precoz del baloncesto. Debutó en la primera división yugoslava a los 15 años en el Sibenka, el equipo de su Sibenik natal. A los 17 años ya era la estrella. A los 20 se proclamaba campéon de Liga con la Cibona. A los 21, ya era campeón de Europa con el equipo de Zagreb. A los 23, subcampeón olímpico. Y mundial a los 25 con Yugoslavia. Había cruzado el Atlántico para probar suerte en la NBA con sólo 24 años, en una época en la que aún existían muchas reticencias hacia los jugadores europeos en USA. Las que le impidieron triunfar en Portland y le obligaron a coger las maletas hacia New Jersey, a unos Nets que confiaron ciegamente en él y le permitieron desplegar todo su talento. Un enorme talento pulido con horas y horas de entrenamiento. La perseverancia unida a una clase sin igual. Capaz de lo mejor con un balón en la pista. También de lo peor con su actitud en ella. Estaba muy alejado de ese perfil de jugador modelo para la sociedad que se pretende vender en la actualidad. Era el tipo de estrella con mucha carácter. Macarra y provocadora, acorde con el prototipo de los años 80. Capaz de humillar a un rival con una de sus jugadas únicas, de dedicar todo tipo de gestos a la afición rival o incluso de lanzar un escupitajo a Neyro en el torneo de Puerto Real, colegiado que se tomaría su venganza personal en el quinto partido de la final de la ACB de aquella temporada. Ése era Drazen Petrovic. Talento y provocación. Ángel y demonio. Un personaje único e inolvidable para los que disfrutaron de su baloncesto.

Fuente: foro.delcelta.com

Su futuro estaba en el aire. Acababa contrato con los Nets y se había convertido en agente libre. Se hablaba que era el sueño imposible del dueño del Panathinaikos, dispuesto a ofrecerle lo que hiciera falta por traerle de vuelta a Europa. Sin embargo su carrera deportiva parecía encaminada a continuar en la NBA. Los Nets estaban dispuestos a tirar la casa por la ventana para retener a la estrella balcánica. Se rumoreaba que los Knicks le habían ofrecido un contrato suculento para que formara parte del reto de llevar el anillo de campeón a la Gran Manzana. Ya todo eso daba igual. La muerte le esperaba en aquella carretera alemana, a bordo de un camión funesto. A la multitudinaria despedida de Sibenik a su personaje más ilustre se le unió la representación de todo conjunto que disfrutó de su magia. Sibenka, Cibona, Real Madrid, Blazers, Nets, la selección croata,… Su pérdida estaba por encima de los odios irreconciliables que asolaban la antigua Yugoslavia. Capaz de hacer llorar como a un niño a su antiguo amigo, y enemigo irreconciliable tras el estallido de la guerra, Vlade Divac. Incluso ni las altas instancias políticas podían faltar. Allí estaba Franjo Tudjman, presidente de la recién nacida Croacia. Todos estuvieron allí para despedir a Drazen Petrovic. Nada volvía a ser lo mismo sin él. Croacia nunca volvió a ser la misma tras su muerte. Dejaba un vacío enorme imposible de tapar. Quedaba vacío el trono del baloncesto europeo, que fue ocupado por la gigantesca figura de un antiguo rival acérrimo de Petrovic. La imponente presencia del zar lituano, Arvydas Sabonis.

Fuente: deportesconhistoria.blogspot.com

Próximo capítulo: La era Sabonis.

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2 Comments on "BALONCESTO: LOS OSCUROS AÑOS 90 (III). LA MUERTE DE LA ALEGRÍA"

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9 years 6 months ago

"@theflagrants: BALONCESTO: LOS OSCUROS AÑOS 90 (III). LA MUERTE DE LA ALEGRÍA by Perdi. http://t.co/j85ZqpafoT vía @theflagrants" Magnífico

— Jose Flores (@joseflobe) July 16, 2013

9 years 6 months ago

Leyendo esto me he dado cuentas que desde que ganó el Limoges mi interés por la Euroliga decreció hasta ser nulo a finales de los 90. ni las Final Four veía. Y no todo es culpa del juego.
Como seguidor de los Nets desde finales de los 80 puedo decirte que lo de Petrovic fue un mazazo, estábamos saliendo del hoyo y en una tarde todo se hundió. El equipo se destruyó lentamente, lo único que queda es el recuerdo. Esa imagen levantando los brazos mientras vuelve a defender tras meter un triple.

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