Piratas del Flagrant’s (i). Cuaderno de bitácora, día primero

Fifteen men – Bootle of rum (original version)

Eran casi todos viejos piratas: no viejos por edad, sino por haber navegado muchos mares y haber vivido muchas guerras.

Todos se habían acercado al barco del capitán Ramón por diferentes motivos: por hastío de los demás barcos, por la promesa de tesoros innombrables, o por haberle oído contar viejas historias de los capitanes de antaño (Magic, Bird,…). Otros aseguran que conocía más canciones que todos ellos juntos, aunque esto nadie lo podía confirmar: una vieja herida en combate le había hecho olvidarse de la música.

Al viejo capitán le gustaba marcar un rumbo y dejar suelto el timón, para que cualquiera guiara un rato la nave. Se iba a su camarote (“desde aquí VEO el mundo” decía) pero siempre que podía echaba un ojo para saber qué se cocía en cubierta.

En cuanto podía, el contramaestre Flagrant abría una botella de ron para invitar a todo el mundo, a los viejos del barco y a los recién llegados. Mottet subía a cubierta su acordeón y tocaba algo de la vieja Eire, aunque rápidamente Respect-ZGZ le replicaba silbando con buen flow.

En lo más alto del palo mayor, VPI oteaba el horizonte. Siempre atento, era el primero en ver tierra o navío, avisaba rápido, y su aguda mirada calibraba rápidamente las intenciones del de enfrente. El cascarrabias de harrycallahhan tenía presto el cuchillo, por si había trifulca. Algunos contaban que se las había tenido con el mismísimo capitán, que le dejó en puerto, y él volvió con el parche en el otro ojo para despistar.

Vega – El equilibrio de lo imposible

(Flagrant leía el relato mientras escuchaba el equilibrio de lo imposible)

En vez de bandera pirata, ondeaba un polo. Cada poco se organizaba una timba en cubierta, con todos apostando, el motivo era lo de menos. Si el Capitán estaba de buen día, regalaría un doblón de oro al ganador.

Eran marrulleros, les gustaba discutir, y a veces llegaban a las manos. Pero también eran nobles, resolvían las broncas a la antigua usanza: un corro, sin cuchillos, y en tres o cuatro post liquidado el asunto. Al terminar Flagrant les invitaba a una pinta y en paz.

Entre todos habían conseguido que la reputación de su barco fuera conocida allende los mares, y se rumoreaba que incluso otros capitanes enviaban espías para saber qué demonios hacían los del Trecet. Pero nadie consiguió capturar su esencia, porque eran gente libre, miembros agitados, revolución controlada en el mar.

Su principal ocupación era desvalijar otros navíos, principalmente los de portes, aunque también les gustaba atacar a la Aristocracia. Algunos se la tenían jurada al Duque de Lapuerta, otros al Barón Don Florentino, aunque siempre se podía encontrar alguien que defendiera al uno o al otro.

Lo curioso es que fueran todos tan diferentes, navegando tantas horas juntos.

El Capitán, para mantener alta la moral y evitar motines, prometía fantásticos tesoros: “ahora todavía no, pero a dos días de Copenhague os lo enseñaré”; “cuando volvamos de Polonia lo descubriréis…” Luego esas promesas no siempre se cumplían, pero también por el camino aparecían botines inesperados.

Pocos abandonaban el barco, si lo hacían era porque llegaba un momento en que la familia u otras obligaciones les retenían en puerto, y veían alejarse el buque con un gesto de nostalgia…

Cuando arribaban a una ciudad nueva ponían todo patas arriba. Mottet y Aupa peleaban por la más guapa del lugar, mientras en la peor taberna corría el alcohol, la música y la juerga. En el famoso puerto de Salamanca, intentando algo nuevo, el Capitán les llevó a la Universidad, a ver si a sus chicos se les pegaba algo de saber; se dice que los pobres estudiantes no entendieron nada de la jerga cibernética de los divertidos piratas. “Y quién paga los viajes?” preguntó algún despistado.

Aunque lo más divertido fue cuando arribaron al concurrido puerto de Copenhague, en pleno congreso de Corsarios Oligarcas Internacionales.

Trataban de decidir donde iba a tener lugar el siguiente gran saqueo. Cada 4 años elegían una ciudad, la llenaban de peleas y banderas, tomaban sus mujeres y se llevaban su oro. El Capitán y muchos viejos marinos sabían que la elegida sería Río de Janeiro, pero aún así cruzaban apuestas y reían imaginando a los peripuestos Corsarios votando con una mano y sujetando la saca de doblones con el garfio.

Como el congreso en sí no daba para mucho, lo mejor fue lo que sucedió en el barco. Atraídos por la leyenda del Capitán, o por las historias de sus hombres, numerosos polizones subieron al barco, aprovechando el desconcierto general.

En el Trecet siempre ha habido sitio para nuevos marinos, simplemente había que conocer las reglas no escritas; esas que te impiden apostar en una timba sin enterarte antes de cómo funciona, ablar torpemt aciendo k las palavras suenen torcidas, o mandar al contramaestre a su casa (sin entender que ése barco es su casa).

Los recién llegados, al no ser insultados o lanzados por la borda como en otros barcos, se crecieron, y empezaron a lanzar improperios sobre la poca o demasiada experiencia de los piratas, sobre el Capitán y sus opacos pronósticos (“sólo yo insulto al Capitán!” bramaba harry). Los viejos del barco cruzaban miradas irónicas, lanzaban puyas que los novatos no podían entender, y soltaban alguna colleja a los imberbes grumetes.

Antes de levar anclas y abandonar Copenhague, los farrucos novatos abandonaron el barco con el rabo entre las piernas, musitando “quién me mandaría meterme allí”

(Flagrant exclamó: Estás componiendo una de esas páginas míticas del blog 13t. ¡Voto a brios! ¡Que si el capitán no te da un polo se queda sin ron!)

Quedan muchas otras historias por contar:

De por qué el mascarón de proa era una mujer que parecía un hombre pero era una mujer.

De las batallas en tierra que les narraba por la noche Kaunas, que había servido en los Tercios Eslavos.

Del Gallardo Gallardón y su caterva, que quisieron la gran juerga en la noble Villa de Madrid, y perdieron hasta la Esperanza. Ahora se la Coghen con papel de fumar.

Del mítico Rubio, espadachín de postín, que lanzaba mandobles a babor mirando para estribor; intentaron reclutarle para la gran Armada extranjera, pero él prefirió los guisos de su madre, quedándose en la catalana.

Y del no menos mítico Pau, que estiraba los brazos y abarcaba todo el foque. Llegó a codearse con los mejores espadachines del mundo, colmando los sueños de esos viejos piratas, que cuando niños escuchaban las historias del capitán y no creían verlas realizadas navegando en su mismo barco…

Pero todas esas historias serán contadas otra noche, o por otro marinero (te animas, Flagrant?). Este se baja a la bodega a echar una cabezada.

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Esa noche el grumete se convirtió en oficial del Golden Caster. A la mañana siguiente el capitán le felicitó por ello. Es así como una simple camiseta se convierte en un tesoro.

(Publicado originalmente: #404-407-411-413-416 //05-10-2009 a las 1:43 navegando por el blog 13t)