CAPÍTULO V. Puertas abiertas.

Ya no queda nadie en el Flagrant’s. Bueno, casi nadie. Por la rendija de la puerta se perfila un haz dorado de luz, mágico. El miedo de la noche intenta filtrarse por debajo como la niebla entre las ramas del bosque, mágico también, como el canto de los grillos entre la soledad de las hojas de hierba, húmedas y sinceras. Lo intenta sí, con la incesante obsesión de un antiguo dios, como la delgada lluvia que acaricia las ventanas, pero no puede. La puerta está cerrada, aunque no con llave. El Flagrant’s sólo cierra sus puertas al frío y a la indiferencia de los que pasan de largo. Cuando el loco irlandés que lo levantó con sus manos decidió abrir el local lo hizo con la firme convicción de que jamás lo cerraría. Y así es. Este es el local de los debates abiertos, de las heridas abiertas, de los brazos abiertos – se dijo. Y a partir de ese día jamás se vio, ni se verá, el cártel de cerrado en su entrada.

– Quieren cerrarte el bar – le dijo.
– No te había visto, eres siempre tan silencioso. Me alegro de verte por aquí. ¿Quieres tomar algo? ¿una cerveza?
– ¿No me has oído? Te estoy advirtiendo que quieren cerrar este bar – le insistió, esta vez con la dureza de una sentencia.
– La última vez que viniste me pillaste dormido. Me encantó tu nota. Te habrás dado cuenta que le he cambiado el nombre al local.
– ¿Porqué no me escuchas?
– Sí te escucho, pero no tengo miedo.
– ¿Porqué? – le preguntó
Si cierran el Flagrant’s abriré otro. No se pueden poner puertas a los sueños.

El extraño visitante se quedó. ¿Cómo podría explicaros cómo se quedó? ¿Perplejo? No, en el fondo ya se espera una respuesta de ese tipo. ¿Admirado? No, tampoco. No era admiración lo que sentía. Más bien era comprensión, pero no sé. Digamos que se quedó y punto. Se quedó y, tras una larga pausa, que le dio tiempo a pensar su réplica, le dijo:

– Pónme una copa de vino. ¿Tienes Burdeos?
– Por supuesto. La compré pensando en ti.
– ¿Cómo te llamas?
– ¿Qué quién soy me preguntas?
– No, ya sé quien eres y en lo que crees, de lo contrario no estarías sentado en esta barra, sólo quería saber tu nombre.
– Puedes llamarme amigo, que mejor nombre que ese.

Continuaron allí sentados hasta altas horas de la madrugada, apurando la botella y compartiendo sueños, sin sueño.

En el cielo la luna asomaba tímida, como un finísimo rasguño. Eran las 7:00 de la mañana cuando por la radio anunciaron un amanecer despejado, sin nubes y con un sol nítido como el enfoque de una Leica. Era un día ideal para volar.

– Vamos.

Autor: flagrant #987 y 988, 17.Sep.2009 | 06:13 en el blog 13t