CAPÍTULO I. The Flagrant's. El abrazo entre rivales.

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Son las 6 de la madrugada. El Flagrant’s, ahora se llama así, antes era un vulgar bar de tapas donde te servían una pinta de cerveza de barril Flabiol Blonde Special con un pincho de tortilla española con cebolla, sigue abierto. El camarero se ha quedado dormido en la barra mientras veía por la tele el tenso regreso de Nadal a un Grand Slam tras unas serias molestias en las rodillas. Es un partido más en su carrera, pero se le ve enfadado, cabreado. Ha perdido el respeto de sus rivales y lo nota. Nadal no sólo quiere ganar. En la pista, ya sea de arcilla, de hierba, de moqueta, de cemento, se convierte en en un león. Pero esta noche esta rugiendo más de lo debido porque sabe que ha perdido la hegemonía. Antes con su sola mirada asustaba, y si algún cachorro osaba echarle un pulso, con sus poderosos zarpazos lo sacaba de sus dominios. La tierra, la hierba, la moqueta, el cemento. Pero ese partido no es el que le interesa a un extraño visitante del Flagrant’s.

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Sus pasos lo llevaron allí por el boca a boca. Había oído hablar de un bar famoso por sus tertulias donde podías pedir la cerveza que desearas. La gente se reunía allí para compartir unas cañas al ritmo de los marcadores. Fútbol, baloncesto, rugby, tenis, atletismo. El deporte era el pistoletazo de salida, pero en realidad allí se compartía algo más que la afición al deporte. En aquel garito contaban que ponían música de la Sinfónica de Chicago,  de Max Richter, de Sonny Rollins, de Rob Dougan, incluso de Metallica. Allí podías escuchar el último concierto de Coldplay y las caras B de Siniestro Total. A veces la tertulia se convertía en un cine-club. Los cinéfilos llevaban sus dvd, sus VHS, incluso sus videos Beta o sus ficheros avi. El bar disponía de  acceso libre a todos los canales del planeta. Un conocido zapador de la red les había configurado los equipos para que pudieran ver lo que quisieran cuando quisieran. Nada estaba censurado en aquel pequeño espacio donde misteriosamente todos cabían.

El visitante puso la radio y mientras sonaba No volveré a ser joven cogió el timón y navegando divisó que por ESPN Classic Sports estaban emitiendo un enfrentamiento mítico. Ramón vs Mclein. Se dispuso a verlo mientras se servía una cerveza tras otra, de todas las marcas conocidas y desconocidas. Le gustaban todas. Todas tenían un sabor especial. El visitante era conocido por su don de la ebriedad. Lo que más le emocionaba de aquel partido era el abrazo final. Pero para apreciar la grandeza de aquel gesto era necesario verlo en su integridad, con sus demoledores golpes, con el tenso silencio de los espectadores, con los coléricos gritos de ánimo, de rabia, con las ovaciones unánimes y con las sucias manchas de hierba en los ropajes de los contendientes. Cuando el partido acabó, ya ebrio, y antes de marcharse, dejo sobre la barra una nota en la que escribió unos versos que parecían escritos por el espíritu de un poeta maldito francés. Hay que estar siempre embriagado. Embriagaos. Con cerveza, con poesía o deporte. Pero, latid alto. DIS-FRU-TAD. P.D. Deberías llamar al bar Flagrant’s. Sabe a Irlanda. Es el bar donde O’Driscoll se tomaría una pinta.

Así fue como el valenciano que firma se nacionalizó irlandés.

La vieja guardia muere, pero no se rinde.

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